jueves, 5 de julio de 2012

ROCE EN SÁBADO NOCHE

Cuerpos sudorosos  moviéndose frenéticamente al ritmo de música a un volumen enloquecedor. Mentes que se despegan temporalmente de los cuerpos que habitan, por miedo, por cansancio. Éxtasis. Placer. Toqueteos y miradas lascivas, erotismo expulsado por cada poro de las mojadas pieles.  Cuerpos que se juntan, se unen, se separan pero como imanes se vuelven a acoplar. Polos opuestos en un mismo y diminuto espacio, bajo el mismo techo, oyendo lo mismo y casi irrealmente iguales.
Noches de descontrol. Música estridente y sin letra que provoca la convulsión de esos cuerpos, de mi cuerpo. Siento que me desnudan ojos anónimos que traspasan mi poca ropa y encienden en mi ese ardiente fuego, noto la excitación de sexos opuestos e iguales a mí, lenguas humedecen labios que ansían tomar otros, manos ocultas por la oscuridad de la pista abren pantalones y descargan energía.
La pasión y el erotismo camuflan la influencia de cócteles alcohólicos y apetecibles, la sangre convertida en fuego por ellos llega a todos los huecos de nuestros cuerpos haciéndonos arder, tener ganas de enfriarnos mediante el contradictorio acoplamiento con otros seres hechos fuego.  Estamos ardientes y la música sigue retumbando en nuestros tímpanos;  todos como un solo ser nos movemos, todos buscando lo mismo en personas desconocidas que por unos minutos entrarán física y emocionalmente en  cuerpos vendidos al placer de un acto tan primitivo y antiguo como  la propia existencia.
Sexo que no amor,  hecho en esquinas y en cubículos malolientes de locales irreconocibles una vez saciada esa sed, una vez calmada el ansia que nos lleva a unirnos con seres prójimos en especie y extraños en sentimientos. Ese roce en sábado noche, que no es más que un alivio temporal para un problema crónico.