Una vieja puerta de madera carcomida es lo único que puede ver, la rodean paredes de piedra con ríos bajando por ellas y un techo irregular choca contra su cabeza al más mínimo movimiento. Está clavada en un viejo armazón de metal con forma de silla con unos grandes clavos que atraviesan sus brazos y piernas, anclándola a una realidad fría y oxidada.
No entendía el porqué le ocurría a ella, porqué estaba presa, porqué no podía salir de aquel zulo, qué había hecho para merecer tamaño castigo. Nadie entraba por la puerta, oía voces en la lejanía pero ninguna se acercaba, nadie respondía a sus lloros y ruegos, a sus súplicas.
Y mientras se desgañitaba gritando había intentado levantarse, soltarse, patear en un intento vano por mover lo inamovible y lo único que logró fue que por cada intento fallido más clavos la atravesasen, anclándola aun más.
Se cansó, al final, de provocarse tantas heridas, de quedarse afónica y se mantuvo quieta, llorando en silencio con los ojos cerrados y descubrió que así las voces eran más sonoras, estaban más cerca, parecía como si su presencia hubiese dejado de molestarles. Y se recreó en ello, notándose menos sola y creyendo, ilusamente, que alguien vendría a ayudarla.
Nadie fue y se le hacía cada vez más difícil mantenerse en silencio, no moverse y no gritar cada vez que atravesaban su cuerpo esos metales... Y voló.
Flotó y se escurrió por las rendijas de la resquebrajada puerta y vio. Miró alrededor dándose cuenta de que era bonito lo que la rodeaba, de que había salido de una majestuosa vivienda con flores en los balcones y el jardín cuidado y vibrante de energía. La gente paseaba por la acera y se quedaban mirando, no a ella, sino a su prisión, la observaban con deleite, con gozo, con envidia... No se escuchaba nada más que el trinar de los pájaros y el susuro del viento. ¡Lo notaba tan onírico!
Pero el viaje duró poco y volvía a estar sentada, con muchos más clavos, muchísimos de ellos más. La esperanza no regresó con ella y abandonó, ya no quiso volar más ni ver la cara de esos fantoches babeantes cuan borregos ante ella.
No era creyente pero rezó, pidió que algún clavo, después de tantos, hiciese diana y ganase la partida.