viernes, 13 de septiembre de 2019

SOY CARIÑOSA

Soy totalmente consciente de que necesito casito 24/7, que me gusta que me mimen todo el rato y las muestras de cariño permanentes: abrazar, dar besos y estar pegada como si quisiese fundirme, oír la respiración y el latir del corazón, sentir y dar caricias... Sé que mi autoestima es pendular, que necesito que me recuerden todo el rato porqué están a mi lado, porqué me quieren y qué ofrezco. También sé que sería la cosa más empalagosa del mundo si no me contuviese, si no creyese que es malo necesitar ese contacto constante. Pero no puedo evitar notar esa falta, ese hueco vacío que por más que llene nunca está completo, y cuanta más ansia tengo por rellenarlo a cualquier costa más vacío está, más negro es y más difícil es de aguantar esa sensación de soledad y abandono.
He aprendido a agradecer lo que me dan, aunque sea mínimo, a cogerlo y vivirlo sabiendo que es, o puede ser, finito. A no exigir sabiendo que el cariño suplicado no significa nada, y los celos sólo corrompen. He aprendido que el amor no tiene tope, que puedes querer a más de una persona de forma plena y absoluta sin mermar ni un ápice lo que sientes por otras (no sólo me refiero al ámbito romántico) y que el pilar fundamental de cualquier relación humana sana es la confianza, que es en lo que debería basarse y apoyarse todo lo demás.

lunes, 19 de agosto de 2019

PERDIDA (con preguntas)

Cuando era adolescente mantenía relaciones sexuales sin cabeza, por lograr castigarme, hacerme daño y sufrir; por verme y sentirme tan sucia como creía que estaba. Pensaba que había dejado de hacerlo, pero me he dado cuenta de que simplemente he cambiado la autojustificación y me siento perdida.
El otro día me preguntaban si quería mimos o sexo cuando quedaba con alguien, yo decía que mimos pero que sexo también aunque no era lo que más me apetecía, por lo menos no con gente desconocida. Cada vez que pienso en las relaciones sexuales que tengo no sé si las mantengo porque me apetecen o porque quiero mimos y es la única manera que tengo de lograrlos. Ceder en el tema sexual para lograr cariño. ¿No es eso otra forma de tortura?¿No es eso venderme? ¿Cómo diferenciar entre cuando quieres sexo y cuando aceptas tener sexo?

Es muy fácil para la gente decir que qué suerte tenemos las chicas normativas, que con chascar los dedos conseguimos lo que queremos, que podemos hacer de todo y siempre tendremos a alguien dispuesto a aceptar. Qué fácil es hacernos ver como objetos, como cosas monas de las que no interesa nada más que las tetas o la cara bonita; que da igual si piensan, si pueden o no mantener una conversación, si tienen ideas propias o son críticas con todo. "Nos quejamos de vicio, dicen, no sabemos lo que es ser rechazadas por feas, o por no tener atributos llamativos... no sabemos lo que es estar solas sin que nadie se quiera acercar a nosotras". No, no lo sabemos. Pero sabemos lo que es sentirnos cosas, sin nada más que un cuerpo que usar y sin que a la gente le interese ver si se puede hacer algo más que follar con nosotras. Es posible que no sepamos lo que es un rechazo por nuestro físico, pero sí sabemos lo que es no encontrar a nadie que vea más allá de ello y con quien podamos sentirnos realizadas.
También ayuda a esta incertidumbre el que no saber cuáles son mis rasgos positivos, llamativos... sin ser del ámbito físico. No ser capaz de numerar cosas buenas de uno es un problema. ¿Cómo pretendo no ser tratada como un objeto si no soy capaz de definirme o describirme de otras maneras?

jueves, 8 de agosto de 2019

PAREJAS Y RELACIONES (parte I)

Cada vez que alguien me pregunta qué opino de tener pareja arrugo el entrecejo, meneo la cabeza, me río y niego la posibilidad. Siempre digo que no es lo mio, que no me gusta y que no está hecho para mí. Que soy un alma libre.
El estar los últimos meses socializando más, conociendo a gente y haciendo esfuerzos gigantescos por ampliar mi círculo y no estancarme me ha llevado a replantearme cómo quiero encaminar mi vida sentimental: continuar como estoy, darle la oportunidad algo más estable o dedicar mi vida a los gatos... Y me he dado cuenta de que no es que no quiera tener pareja, en realidad sí quiero, lo que no quiero es exclusividad, monogamia y relaciones cerradas. Mi problema es ese: encontrar a alguien que quiera y sobre todo, sea capaz de llevar una relación así y no es fácil, ni común, ni corriente, ni algo que el 99% de la gente que conozco se plantearía.
Me gustaría tener una relación seria (o varias) para hacer cosas como dormir abrazada, ver pelis, follar, mimear, llorar o dar paseos sabiendo que esa persona siempre estará ahí, que puedo y puede acudir a mí en cualquier momento y para todo. Una en la que "ser pareja" no corte las alas a conocer y relacionarse con otra gente, a tener más relaciones sentimentales, sin dar por supuesto que el amor/cariño es finito y unidireccional. 


martes, 23 de julio de 2019

MIMOS

Hace tres años había llegado a mi límite: deseaba dejar de sufrir, dejar de sentir y dormir para siempre. No quería morir, nunca se quiere morir cuando se está mal, sólo dejar de estarlo.
No era mi primera vez pero sí la que más cerca estuve de lograr mi objetivo, me salvaron mi preocupación por Chispa y mis amigos, a quienes pregunté mientras me tomaba pastillas con zumo de mango si cuidarían de ella de pasarme algo. Y fueron Flash yendo hacia mi casa.
Llevo autolesionándome de diferentes maneras desde antes de los 12 años: cortes, quemaduras, conductas de riesgo (obligarme a practicar sexo, drogas...), anorexia... que aun ahora me sobrevuelan periódicamente.
A veces me pregunto cómo sería y dónde estaría si hubiese seguido drogándome y acostándome con desconocidos, hubiese continuado yéndome con hombres para sentir que no tenía el control , recrearme en el miedo y asco que me daba(n). O qué habría ocurrido de haber hablado, de haber contado lo que me había hecho mi padre y sus amigos, de no haberme callado...qué habría ocurrido si hubiese denunciado a todos los hombres que se acostaron conmigo siendo una niña.
No estaría donde estoy ahora, eso seguro.
Hay miedos, fobias y ascos que siempre estarán conmigo, sobre todo a nivel sexual. Actos cuya práctica me duele y no físicamente, situaciones que me provocan llorar y momentos en los que me bloqueo, me evado y no estoy presente. Soy consciente de ellos, los conozco y soy capaz de evitarlos  la mayor parte de las veces (por lo menos cuando estoy bien anímicamente) pero me supone un esfuerzo extra que no siempre sé si vale la pena.

Hay días en los que necesito sentirme querida, apreciada, ser mimada pero sin connotaciones sexuales, sin que los mimos acaben en sexo, sin pagarlos así. Y no sé hacerlo. No sé cómo pedir o llevar a cabo la acción de "mimear", cómo decirle a alguien "oye, quieres venir a casa, nos tiramos en cama a ver una peli y estamos abrazados" ni si es algo normal desear eso. Cómo pedirle a alguien que me deje tocarle la cabeza mientras me apoyo en su hombro, cómo quedarme dormida escuchando los latidos de su corazón y despertarme con el pijama aun puesto.


martes, 9 de julio de 2019

PLANAZO

Abrazarte y que me abraces. Pegarme físicamente a ti, notar tu calor corporal, tu calidez y relajarnos.
Dibujar en la piel patrones aleatorios mientras acompasamos las respiraciones, con nuestras cabezas pegadas y la vista perdida en el humo ascendente del incienso. Respirar.
Hablar en bajito, contarnos anécdotas graciosas para romper el hielo y que todo fluya. Cambiarme de posición con mi cabeza apoyada en tus muslos y tu mano acercándose con un peta compartido. Empezar a hablar de sueños, miedos y deseos, de qué nos ha pasado, cómo hemos llegado a donde estamos y cómo nos sentimos. Reír y llorar de ser necesario. Frutas en trocitos y té para acompañar.
Quedarnos dormid_s.

Despertarnos por el calor, quitarnos ropa para estar a gusto y hacernos otro peta. Poner algo en la tele, de fondo, como para notar que no estamos sol_s. Y pensar en cocinar: patatas fritas con huevos fritos suena demasiado bien. Comer en silencio.
Fregar los platos, hablar de sexo y why not? Dejarnos llevar.

miércoles, 29 de mayo de 2019

UN MES

Hundida. Me siento total y absolutamente desolada por dentro, como rota en mil pedazos sin posibilidad de arreglo. Y la sensación lo invade todo. Triste, sola y apartada.
Disocio 24/7, me olvido de comer o de si he comido, me tengo que obligar a ducharme, a ir al trabajo... los días pasan uno tras otro todos iguales; las horas, los minutos se hacen eternos. Me cuesta concentrarme y mantener el hilo de las pocas conversaciones que tengo, si pienso demasiado lloro y tengo ataques de ansiedad así que duermo, o lo intento. Estoy en ese limbo en el que parece que nada me afecta, que estoy bien y tranquila pero mi guerra interna empeora por momentos. Me pasaría el día tirada en cama fumando, bebiendo y cortándome hasta dejar de sentir pero no lo hago. Celebro poder aguantar mis impulsos y no hacerme más daño. No está siendo fácil.

Si tuviese que contar cuales son mis tres miedos principales, cosas o circunstancias que me dan pánico tendría que decir que dos de ellas han sucedido este mes y la tercera pasará este viernes. Y nada está bien. No tener a nadie que me transmita una mínima confianza y empatía para contárselas haciendo la carga más llevadera me mata, haber pasado por ello sóla me pasa factura. Estoy al límite. Necesito hablar con alguien que no juzgue, que no me pueda encerrar si no me ve apta para cuidar de mí misma, que me ayude a sobrellevar la carga; necesito soltar todo lo que tengo dentro.




martes, 7 de mayo de 2019

PLANES

Esta entrada es un inciso, una aclaración hacía el futuro, una explicación no pedida.
Podría morir ahora, podría matarme sin dejar cabos sueltos de ningún tipo. Y esta vez sin fallar: tengo el cómo, el dónde y hasta el momento del día idóneo para que nadie me interrumpa.
Mensajes de despedida, audios explicativos y con quién dejar a Chispa. Podría dejar hoy mismo de encontrarme mal, mentalmente agotada...extenuada. 
Saber que tengo ahí la opción preparada me relaja, me hace sentir tranquila y en paz, como si todo tuviese solución si quisiese.
Solo hay una razón por la que no lo he hecho ya: curiosidad. Quiero saber a dónde va esta ruta, a dónde lleva el bucle en el que me noto encerrada...quiero conocer y luego descansar. Quiero comprobar cuan malo es todo lo que me rodea antes de dormir por fin. 
Necesito hacer locuras, dejar de estar aburrida, conocer a gente nueva, hacer cosas diferentes y sentirme apreciada; destrozar mi cuerpo hasta que el dolor físico opaque mis carencias emocionales, ser usada, que me hagan daño, sufrir más y a propósito. Necesito ser querida.
Necesito cosas que no sé cómo lograr sin precipitar mis planes. Y en eso estoy, meditando sobre cómo lograr morir sin morir, morir cuando yo quiera y matarme en vida.

jueves, 21 de marzo de 2019

UN AÑO

Hace un año me estaba tatuando un brazo para cubrir parte de las cicatrices post años y años de cortes. Estaba feliz, tenía esperanza, confianza, estaba objetiva y claramente bien. No puedo decir que "curada" porque esto no tiene cura, pero llevaba meses sin medicación, casi dos años sin cortarme ni hacerme ningún tipo de daño; no lo echaba de menos ni pensaba en ello más que como una parte de mí que ya había concluido. Nunca me he arrepentido ni avergonzado de mis cicatrices, el tatuaje sólo era un recordatorio a la Andrea del futuro de que podía con ello, de que podía controlarlo y vivir sin hacerlo.
Y aquí estoy 365 días después, sentada en el suelo de mi habitación, con una cita programada en dos meses en psiquiatría, intentado descifrar qué detonantes tienen mis bajones actuales, pensando en que tengo que hacerle las curas a los nuevos cortes antes de vestirme y sin entender cuándo todo se desmoronó a mí alrededor y porqué no me enteré.
Lo único que tengo claro es que hay una diferencia principal en la forma y sentimiento posterior a llevarlo a cabo. Era un ritual, seguía unos pasos y después me sentía tranquila. Era un anestésico que me permitía sentir el resto del tiempo, que me ayudaba a no caer en la desesperación y angustia al verlo todo negro. Aunque también era inconsciente, irracional, rabioso e impetuoso, no buscaba activamente matarme pero tampoco lo evitaba. Ahora es desorganizado, sólo lo hago por placer y después no siento nada más que indiferencia. No me importan, no pienso en ello tras hacerlo y sí antes de hacerlo. Soy totalmente consciente de qué hago, cómo lo hago y sé que podría parar pero no quiero. Me gusta ver mi cuerpo salpicado de cortes a medio curar, postillas que si arranco sangran, me gusta verme tan mal como me siento por dentro.
Parece que me quiero, que me gusto, que me tengo aprecio y cariño, que mi autoestima está en un nivel optimo y que físicamente no me quejo de mi cuerpo. Fingir en redes sociales es demasiado sencillo. Lucho cada día para salir de casa, para no ponerme una camiseta tres tallas más de lo que necesito y unos pantalones que me oculten y camuflen mi forma; me obligo a usar ropa que me "favorece", aunque vaya incómoda con ella, con la intención de integrar en algún momento que no soy tal y como me veo cuando me miro en un espejo, que mi visión está distorsionada. Soy consciente de la distorsión con la autoimagen que tengo.
Me cuesta ver cosas positivas en mí, no tanto a nivel imagen sino como persona, como ser humano y no es sólo que me cueste, es que me resulta imposible ver más que las cosas negativas.
Supongo que será eso en lo que tengo que trabajar.

miércoles, 13 de marzo de 2019

OTRA VEZ

Y lo he vuelto a hacer.
Podría excusarme de mil maneras, afirmar con vehemencia que me hace sentir bien, que gracias a ello estoy mejor, que es una liberación y un analgésico. La luz. Pero no. Ya no funciona el mentirme a mí misma, el intentar convencerme de que todo va bien, de que funciona, porque no es así.
Sólo lo hice por sentir algo más que dolor mental, porque me gusta y gratifica ver pequeños ríos de sangre recorriendo mi piel enrojecida, pero no hubo paz después. No hubo nada. No sentí nada.
Lo invadió todo una absoluta y total indiferencia.
No saltó el interruptor, no se encendió la luz y seguía a oscuras. Mis demonios no desaparecieron, tampoco podía verlos ni enfrentarlos, sólo notaba que su presencia me hacía cada vez más pequeña, más vulnerables. Y a medida que yo me encapsulaba para intentar huir, ellos se hacían más pesados, más grandes y fuertes.
Y la sangre cayendo no me hizo volver, no me ayudó a sentir, a volver en mí. Aquí sigo, encerrada, sola y triste, siendo una cascada de lágrimas que no sé de dónde vienen ni cómo pararlas. Tengo miedo.

lunes, 18 de febrero de 2019

QUE ME GUSTA

A veces me gusta salir a escuchar música, a beber cerveza y ver a la gente moverse; que la noche acabe en una cama, acompañada.
Me entretengo observando como grupos de personas socializan, como intentan ligar o no discutir mientras beben y tratan de seguir el ritmo de la música que lo invade todo. Las interacciones humanas son tan simples, tan complejas e intuitivas a la vez.
Abstraerme en la idealización de conversaciones ajenas, en sus maneras y formas. Me gusta salir a bailar y a analizar a quienes me rodean. Hacer pruebas. Comprobar cómo reacciona la gente a según qué estímulos -habitualmente sexuales o exasperantes- regocijarme en los resultados y mientras actúo sobre ellos.
Ir a tomar café con desconocidos, quedar para hablar aunque yo sea más de escuchar. Adoro ver la expresión y gestos de la gente cuando me cuentan qué les gusta, cuáles son sus miedos e inquietudes, cómo se ven en un  tiempo... Escuchar es una de mis mayores pasiones.
Y el sexo. El sexo por puro y absoluto placer. Dar y recibir sin mayor pretensión que disfrutar, en grupo o en solitario, sin más regla que el consenso. Sin ataduras -a no ser que sean físicas- llegando a los límites e intentando rebasarlos. Jugar. Adoro los juegos, los piques sin malicia que acaban conmigo sin bragas en cualquier sitio.

domingo, 27 de enero de 2019

BLOQUEADA

Noto que me estoy encerrando cada vez más en mí misma, en mi capullo de indiferencia, sonrisas forzadas, tranquilidad aparente y mutismo. Sobre todo eso.
Nunca he logrado exteriorizar verbalizando mis sentimientos, mis emociones, mis "quiero" menos superficiales, más reales. He sido una niña retraída, de esas a las que preguntas y están bien, siempre están bien aunque por dentro estén rotas, al borde del colapso, con miedo o falta de cariño. Supongo que el no confiar en quienes me cuidaban, no tener un confidente, un persona a la que pedir ayuda o consejo, alguien que estuviese ahí siempre... el hecho de que no me enseñasen a hablar, a expresar mis sentimientos sino todo lo contrario tiene algo que ver.
Y me veo ahora, con 24 años, bloqueada.
No estoy bien, ni anímica y psicológicamente, tengo brotes que creía tener más o menos estabilizados, siento que cada día quiero intentarlo menos, he vuelto a las practicas lesivas y todo ello mientras veo que la única solución que me proponen o aconsejan me da pánico.
En verano del 2016, después de un intento de suicidio, me ingresaron a la fuerza en una cárcel llamada psiquiátrico diciendo que era por mí bien, drogada, sin ser consciente de nada a mí alrededor, quitándome todos los vínculos -teléfono, contactos, visitas...- con la gente que quería -amigos- y obligándome, a pesar de ser mayor de edad, a hablar con mi familia (única gente de la que podía recibir visitas y a la que dieron el "control de mi liberación") me quitaron cualquier simpatía que pudiese tener por los profesionales de la salud mental en la Seguridad Social.
Me niego a pedir ayuda profesional. No soy capaz de confiar, no me han demostrado que pueda hacerlo.

He intentado verbalizarlo o escribir cómo me encuentro para poder así aclarar las ideas, pedir consejo o simplemente saber qué me pasa pero no doy. La introspección no funciona, puedo estar horas delante de una hoja en blanco que no saco nada y me frustro, puesto que ni siquiera logro ser sincera conmigo misma sobre mis necesidades.
Me gustaría sentarme a hablar de chorradas, sentirme cómoda, no juzgada, relajada y que la conversación fluyese permitiéndome abrirme pero me puede el miedo. Miedo a resultar molesta, a que la otra persona no esté cómoda, a que finja, a molestar, a que sea demasiado, a que se tache de insignificante lo que cuente, a que me hagan daño... Miedo a bajar mis barreras, confiar y que me vuelvan a hacer daño.

lunes, 14 de enero de 2019

CURSIVA (I)

Todo va bien. Estamos hablando y riendo, suelto algún comentario gracioso, pataleo y hago muecas. Me acerco y te beso, o me besas -aunque no suelo empezar yo-, me río y chocamos. Mis piernas te rodean, me arrimo y te toco. Mis manos pasean por tu espalda -arriba, abajo, círculos... ahora cosquillas ¡Uy, tiembla!- y las tuyas empiezan una incursión ascendiente por mi abdomen. -Hacemos- Calor, nos sobra la ropa, que lanzamos a nuestro alrededor sin demasiado cuidado. Escalofrío. Pezones duros, contrastan los piercings negros con el fondo blanco. No son lo único que está duro. Acerco mi cara, saco la lengua intentado que las dos bolitas que tengo te rocen -parece que funciona-, te meto en mi boca y sí, funciona. Intento hacerlo lo mejor y más rápido posible, me apartas -¡Ey¡ ¡Mi juguete!- diciendo que no tenga prisa. Me besas y tocas ¡estoy tan mojada! Bajas poniendo cara de risa y me abres las piernas -mierda, mierda, lo va a hacer. ¡Respira! ¡Estás limpia! Inspiro despac...-  ¡Tu lengua! Noto que te mueves, parece no desagradarte, me sujetas por las muñecas para que no me aparte -¡Concéntrate en el placer, Andrea!- Joder, lo haces muy bien, podría correrme sólo así. Me metes un dedo para complementar -quiero algo más- y pronto cambiamos a algo más intenso. Subes y me besas, sabes a mí y me gusta. Noto como juegas, moviéndola arriba y abajo -la quiero dentro- empezas a entrar -Mierda, relájate ¿Por qué duele? ¡Respira! Molesta. Joder ¡pero si estoy mojada no podría doler!- Me preguntas si quiero más, te digo que de momento así está bien, nos movemos y parece que está todo solucionado. Esto me gusta demasiado: me metes un dedo en la boca y acaricias con él mi clítoris ¿Me puedo correr ya? La montaña de sensaciones sigue subiendo, todo va más rápido... -Mierda, me empieza a molestar la penetración. ¡Joder! Pero si yo quiero y estoy relajada, cada vez que entra noto como si me pasen una lija. Ya no estoy lubricada. Me estoy tensando. No es justo, siempre me pasa lo mismo. Debería decirle que mejor paramos, pero se va a sentir horrible y no voy a dar explicado porqué duele. Cada vez molesta más... Tengo ganas de llorar. Quiero irme.
-Esto, ¿Paramos?

lunes, 7 de enero de 2019

DESREALIZACIÓN

Muchas veces me siento sucia, aunque acabe de salir de la ducha y sepa que es imposible estarlo. Me siento incómoda conmigo y si alguien me toca por debajo de la ropa creo que voy a manchar, a oler mal, que será desagradable y acabarán asqueados de estar conmigo. Hay demasiadas cosas que me cuesta hacer -o dejar hacer, sobre todo- en el plano sexual y a más confianza con la persona más intensas son esas sensaciones.
Cuando de pequeña me violaban siempre me decían que estaba sucia, que era un asco tocarme, que diese gracias porque ellos me querían igual y que más me valía no protestar ni gritar porque "a las guarras como tú no las quieren ni para putas". Me decían eso cada vez, varias veces, muchos años. Tiempo durante el que yo iba integrando que hiciese lo que hiciese iba a estar mal, que no podía pedir, hacer, ni decir nada a riesgo de que me pusiesen de rodillas con una polla en la boca, o me metiesen en la ducha con agua helada, o me pegasen con un cinturón hasta que me hacía una bolita y desconectaba.
Desrealización.
Aprendí a irme, a huir de todo lo que me atacaba; a quedarme inerte y sin sentido, separándome de mi yo físico. El tiempo pasaba más rápido así. Me costó mucho controlarlo y cuando no lo lograba todo dolía más, como si mi cuerpo me castigase por abandonarlo a su suerte. Esos son los días de los que tengo un peor recuerdo, no por las prácticas sino por la angustia al no poder "no sentir", notándome encerrada en un amasijo de carne que sangraba, escocía, era muy pequeño, estaba usado, machado...

Aun hay días ahora en los que me cuesta permanecer presente, en los que mi autoestima está por los suelos, me siento mal, poco atractiva, sucia, de poco valor...; que no comprendo porqué podría interesarle a alguien tocarme, darme placer. Que me da angustia la idea de que lo hagan porque me siento mal para-con ellos:  ¿Y si son como yo y no se atreven a decirlo? ¿Y si no les gusta pero no dicen nada por miedo? ¿Y si se sienten forzados? ¿Y si...y si después dejo de gustarles porque me ven tan sucia como me veo yo?
O cuando estoy más tensa/nerviosa/incómoda de lo normal, algo me duele, me voy y no soy capaz de volver. Dejo de lubricar, duele más y me pierdo en ensoñaciones hasta que todo acaba.

Supongo que esto es una de mis asignaturas pendientes, de esas que arrastras a Septiembre y te hacen repetir curso. Sólo que aquí las repeticiones son infinitas, tantas como prácticas lleve a cabo.

EXPERIENCIAS II

Viví una doble vida de manera continuada durante gran parte de mi adolescencia: estudiante modelo que estaba en el Consejo Escolar, delegada de clase para algo más que bajar a por tizas; nieta ejemplar, que cocinaba postres los fines de semana y leía mucho. Niña que se cortaba, que se acostaba con desconocidos y se drogaba por sentir algo, que lloraba todas las noches en silencio e intentaba matarse pero le daba miedo. Nadie nunca notó nada, nadie.
A veces -muchas- me gustaría tener un interruptor que accionar para borrar los recuerdos que me inundan sin avisar, que se pasean por mí mente como si fuese suya -que lo es- opacándolo todo, quitando cualquier adorno que pudiese haber colocado y llenándolo todo de una tristeza abismal.
Ojalá poder olvidar, ojalá no volver a tener 5 años y estar sentada en bragas en una sala sucia, llena de botellas verdes de vino -vacías-, en una manta llena de manchas en el suelo, con una televisión delante en donde una mujer se la chupa a un hombre,  mientras dos hombres mayores me miran. Ojalá no sentir el frío, ni el olor a humedad, alcohol y sudor, ojalá que esas manos arrugadas, frías y pegajosas no me bajasen las bragas y me abriesen las piernas. No sentir ese bigote rozándome los muslos, ni esa lengua áspera recorriendo mi entrepierna, ni esos dedos metiéndose en mí haciéndome tanto daño.
Me hago pis y se enfadan tanto: me tiran del pelo, me escupen y me llaman puta, aprietan mi cara contra la manta mojada y los insultos no cesan... ¡me hago tan pequeña de pronto!
Ojalá no saborear mis lágrimas de nuevo, ni notar dos manos más uniéndose a las primeras, ni sentir dos penes hediondos rozándome mientras me instan a cogerlos con mis manos, a moverlas, a sacar la lengua y lamerlos como si fuese un helado. Ojalá no sentir que me sujetan por detrás, me tapan la boca con una mano y un grito sordo lo inunda todo; no sentir de nuevo ese dolor llegando a cada célula de mi cuerpo, mientras se mueven y me mueven, mientras lloro y me quedo quieta sin comprender nada.
Me hago pis de nuevo.
Ojalá olvidar que lo único que pensaba durante esos episodios era si a otras niñas sus papás también las querían así.

sábado, 5 de enero de 2019

EXPERIENCIAS I

El sexo ha sido mi vía de escape cuando me encontraba de bajón, mi forma de autolesionarme cuando cortarme no era una opción o quería hacerme más daño. Ha sido una forma de perder el control, de dejarme morir, de ponerme en manos de desconocidos como una muñeca sin apetencias ni deseos; sin "noes" ni palabras de seguridad.
Era mi manera de castigarme, de mostrarme cuanto me odiaba y de quitarle el poco valor que pudiese quedarle a mi vida.
He mantenido más relaciones sexuales que la media de personas de mi edad, he tenido más parejas sexuales también y he realizado prácticas poco convencionales de manera habitual.
Yo era la típica niña de 12-14-16 años desarrollada, que aparentaba ser mayor o casi mayor de edad y que asentía a todo:
-Hombre mayor, olía muy mal, me invitaba a un porro si follaba con él. Dolía, me odiaba por no irme pero ansiaba sentirme mal. Había muchos señores mayores que querían tocar a una niña, decirle que ya era una mujer, que los tocase. Todo flácido, maloliente y asqueroso.
-Hombre que quería acostarse con alguien de la edad de su hija. Follaba y me dolía, me tensaba y siempre dolía. Me acariciaba y daba besos, quería vomitar pero no me iba. Me recordaban a mi padre, sentía como si lo estuviese recreando... Conocí a muchos hombres como este, señores que me veían inocente y pura, que preferían hacerme daño a mí que a sus hijas. Demasiadas veces. Demasiados hombres oliendo a espuma de afeitar, tabaco y vino. Con barbas, bigotes y corbatas.
-Me decía que si me dejaba atar y pegar me daría mimos, que si era capaz de aguantar sus embestidas sin gritar me daría un premio, que estaría muy orgulloso de mí y me querría. Me ataba y pegaba, no había mimos. Me ofrecía un porro para que dejase de llorar, para que dejase de ser una niña moqueando e integrase que "o follas conmigo duro o te largas". O me daba una pastilla, o un chupito y así me relajaba y entraba todo más fácil. Todo era más sencillo con alcohol.
-Eran dos. Me daban miedo pero ahí estaba, en una habitación sucia con un colchón lleno de manchas y cocaína decorando la mesa. Fue la primera vez que probé, no la única. Luego tuve que compensarlos. Dolía, nunca estaba mojada pero eso era igual. Tenía tantísimo miedo que lloraba y eso les gustaba, pero no decía que no, nunca lo decía.
-Un piso oscuro, viejo, con mucho polvo y sin muebles. Hombres, todos drogadictos, se sentaban en cartones a ver cómo nos movíamos, cómo nos tocábamos y si lo hacíamos bien podíamos volver, nos daban mierda inyectable como premio. Éramos un juguete. Teníamos que hacerlos felices mientras ellos se "iban de viaje"... De ahí huí rápido.
Follar siempre dolía, no sólo físicamente -que también y mucho- sino mentalmente; cansaba. Era incapaz de separar y se convirtió en mi forma de castigo habitual. Cualquier muestra de afecto lastimaba, que me tocasen o dijesen cosas buenas me hundía, me hacía sentir en deuda... Empecé a integrar que el sexo lo pagaba todo, incluso el cariño. Sobre todo el cariño.
Yo buscaba poder controlar quién y cuándo me haría sentir tan mal como me sentía al recordar las experiencias con 4...6...9 años, quería que él dejase de tener el control sobre mis sentimientos. Y al final perdí totalmente el control de todo. Me vi envuelta en una espiral de sexo doloroso, drogas, vaginismo, violaciones y abuso sexual sin que pudiese hacer nada para pararlo... así mucho tiempo.
Hasta hace relativamente poco no he sido capaz de verlo como una actividad lúdica, segura y consensuada. Y aún hay días... Días en los que me siento sucia, en los que tengo que lavarme varias veces, que no dejo que me toquen si no estoy limpia... Días en los que ni aún así lo hago bien.