Vivo en una carcasa fría, húmeda, oscura, sucia que no soy capaz de cambiar ni poner más habitable, sólo mediante el dolor físico soy capaz de hacer escapadas a un lugar más tranquilo y en paz; y es entonces cuando puedo tomar aire y respirar.
Cuando a golpes huyo, cuando sin oxígeno me evado soy poderosa, me domino, me controlo y me relajo. Cuando los colores se explayan por mi retina y no siento las manos, ni los pies, ni las piernas, me separo del cuerpo que habito y vivo. Vuelo en paralelo y soy yo misma. Cuando la respiración se corta, y este salvavidas me ahorca soy plenamente feliz, es cuando mejor me siento. Estos momentos son mi tabla de salvación, sin ellos no podría fingir esa sonrisa en mi rostro, ni esas ganas de hacer de todo, no sería, ni siquiera, apariencia.
La sangre también ayuda, pero dura menos su placer; cuando de los pequeños cortes emana líquido respiro, pero es una sensación tan poco duradera, tan limitado es su poder que no vale la pena hacerlo, es un gasto de energía inútil.
La verdad es que sé que hacerlo no es correcto, no está bien visto y debería buscar otras formas de evadir el sentimiento de claustrofobia que me invade, pero no encuentro una forma igual de efectiva
y práctica de hacerlo. Así conozco mis límites, pues ahora soy yo quien controla el cordón, no necesito a una tercera persona a quien obedecer y de quien recibir órdenes, yo soy mi propia dueña. Sé que cuando ya no veo la aurora, el sol se va y veo estrellas debo parar; que si cruzo esa frontera tendré más dificultades de las usuales para volver. Y no, por mí me quedaba flotando en ese limbo, pero no debo, por mí culpa no deben sufrir los otros. Ya yo castigo a este forro, el único culpable de mi dolor.
Porque no es comparable el dolor físico con el mental. El que atormenta veinticuatro horas mi cabeza es peor, es mucho más profundo, sádico y cruel; me recuerda una y otra vez secuencias en blanco y negro que querría bloquear y no me deja. El físico me permite obnubilarme de ese y acordarme de cómo me debo comportar, de cómo debo actuar... de cómo ser un yo-ser humano corriente, es el remedio y el castigo, es lo que me recuerda el dolor pasado, el que me dice que allí estuve yo y me deje estar, que me recuerda que no fui inocente. Es una cura a este asco que me guía, a esta apatía, a este masoquismo mal encarado... y ahora lo controlo yo.
En el fondo odiaba con todo mi ser que alguien me golpease, me humillase, me hiciese daño, aunque más odiaba el sentimiento de asco posterior a esas sesiones, la sumisión que me guiaba en ellas era mi perdición, pero era mi única salida. Ahora he visto que yo misma me puedo guiar a través del dolor físico hacia el éxtasis, el limbo, el perdón, el castigo, el asco, la venganza, la vergüenza... Me doy asco después de ello, me siento horriblemente culpable por lo hecho pero no doy parado, no quiero parar... Es un grito de socorro, una llamada de emergencia que nunca se responde.