domingo, 27 de enero de 2019

BLOQUEADA

Noto que me estoy encerrando cada vez más en mí misma, en mi capullo de indiferencia, sonrisas forzadas, tranquilidad aparente y mutismo. Sobre todo eso.
Nunca he logrado exteriorizar verbalizando mis sentimientos, mis emociones, mis "quiero" menos superficiales, más reales. He sido una niña retraída, de esas a las que preguntas y están bien, siempre están bien aunque por dentro estén rotas, al borde del colapso, con miedo o falta de cariño. Supongo que el no confiar en quienes me cuidaban, no tener un confidente, un persona a la que pedir ayuda o consejo, alguien que estuviese ahí siempre... el hecho de que no me enseñasen a hablar, a expresar mis sentimientos sino todo lo contrario tiene algo que ver.
Y me veo ahora, con 24 años, bloqueada.
No estoy bien, ni anímica y psicológicamente, tengo brotes que creía tener más o menos estabilizados, siento que cada día quiero intentarlo menos, he vuelto a las practicas lesivas y todo ello mientras veo que la única solución que me proponen o aconsejan me da pánico.
En verano del 2016, después de un intento de suicidio, me ingresaron a la fuerza en una cárcel llamada psiquiátrico diciendo que era por mí bien, drogada, sin ser consciente de nada a mí alrededor, quitándome todos los vínculos -teléfono, contactos, visitas...- con la gente que quería -amigos- y obligándome, a pesar de ser mayor de edad, a hablar con mi familia (única gente de la que podía recibir visitas y a la que dieron el "control de mi liberación") me quitaron cualquier simpatía que pudiese tener por los profesionales de la salud mental en la Seguridad Social.
Me niego a pedir ayuda profesional. No soy capaz de confiar, no me han demostrado que pueda hacerlo.

He intentado verbalizarlo o escribir cómo me encuentro para poder así aclarar las ideas, pedir consejo o simplemente saber qué me pasa pero no doy. La introspección no funciona, puedo estar horas delante de una hoja en blanco que no saco nada y me frustro, puesto que ni siquiera logro ser sincera conmigo misma sobre mis necesidades.
Me gustaría sentarme a hablar de chorradas, sentirme cómoda, no juzgada, relajada y que la conversación fluyese permitiéndome abrirme pero me puede el miedo. Miedo a resultar molesta, a que la otra persona no esté cómoda, a que finja, a molestar, a que sea demasiado, a que se tache de insignificante lo que cuente, a que me hagan daño... Miedo a bajar mis barreras, confiar y que me vuelvan a hacer daño.

lunes, 14 de enero de 2019

CURSIVA (I)

Todo va bien. Estamos hablando y riendo, suelto algún comentario gracioso, pataleo y hago muecas. Me acerco y te beso, o me besas -aunque no suelo empezar yo-, me río y chocamos. Mis piernas te rodean, me arrimo y te toco. Mis manos pasean por tu espalda -arriba, abajo, círculos... ahora cosquillas ¡Uy, tiembla!- y las tuyas empiezan una incursión ascendiente por mi abdomen. -Hacemos- Calor, nos sobra la ropa, que lanzamos a nuestro alrededor sin demasiado cuidado. Escalofrío. Pezones duros, contrastan los piercings negros con el fondo blanco. No son lo único que está duro. Acerco mi cara, saco la lengua intentado que las dos bolitas que tengo te rocen -parece que funciona-, te meto en mi boca y sí, funciona. Intento hacerlo lo mejor y más rápido posible, me apartas -¡Ey¡ ¡Mi juguete!- diciendo que no tenga prisa. Me besas y tocas ¡estoy tan mojada! Bajas poniendo cara de risa y me abres las piernas -mierda, mierda, lo va a hacer. ¡Respira! ¡Estás limpia! Inspiro despac...-  ¡Tu lengua! Noto que te mueves, parece no desagradarte, me sujetas por las muñecas para que no me aparte -¡Concéntrate en el placer, Andrea!- Joder, lo haces muy bien, podría correrme sólo así. Me metes un dedo para complementar -quiero algo más- y pronto cambiamos a algo más intenso. Subes y me besas, sabes a mí y me gusta. Noto como juegas, moviéndola arriba y abajo -la quiero dentro- empezas a entrar -Mierda, relájate ¿Por qué duele? ¡Respira! Molesta. Joder ¡pero si estoy mojada no podría doler!- Me preguntas si quiero más, te digo que de momento así está bien, nos movemos y parece que está todo solucionado. Esto me gusta demasiado: me metes un dedo en la boca y acaricias con él mi clítoris ¿Me puedo correr ya? La montaña de sensaciones sigue subiendo, todo va más rápido... -Mierda, me empieza a molestar la penetración. ¡Joder! Pero si yo quiero y estoy relajada, cada vez que entra noto como si me pasen una lija. Ya no estoy lubricada. Me estoy tensando. No es justo, siempre me pasa lo mismo. Debería decirle que mejor paramos, pero se va a sentir horrible y no voy a dar explicado porqué duele. Cada vez molesta más... Tengo ganas de llorar. Quiero irme.
-Esto, ¿Paramos?

lunes, 7 de enero de 2019

DESREALIZACIÓN

Muchas veces me siento sucia, aunque acabe de salir de la ducha y sepa que es imposible estarlo. Me siento incómoda conmigo y si alguien me toca por debajo de la ropa creo que voy a manchar, a oler mal, que será desagradable y acabarán asqueados de estar conmigo. Hay demasiadas cosas que me cuesta hacer -o dejar hacer, sobre todo- en el plano sexual y a más confianza con la persona más intensas son esas sensaciones.
Cuando de pequeña me violaban siempre me decían que estaba sucia, que era un asco tocarme, que diese gracias porque ellos me querían igual y que más me valía no protestar ni gritar porque "a las guarras como tú no las quieren ni para putas". Me decían eso cada vez, varias veces, muchos años. Tiempo durante el que yo iba integrando que hiciese lo que hiciese iba a estar mal, que no podía pedir, hacer, ni decir nada a riesgo de que me pusiesen de rodillas con una polla en la boca, o me metiesen en la ducha con agua helada, o me pegasen con un cinturón hasta que me hacía una bolita y desconectaba.
Desrealización.
Aprendí a irme, a huir de todo lo que me atacaba; a quedarme inerte y sin sentido, separándome de mi yo físico. El tiempo pasaba más rápido así. Me costó mucho controlarlo y cuando no lo lograba todo dolía más, como si mi cuerpo me castigase por abandonarlo a su suerte. Esos son los días de los que tengo un peor recuerdo, no por las prácticas sino por la angustia al no poder "no sentir", notándome encerrada en un amasijo de carne que sangraba, escocía, era muy pequeño, estaba usado, machado...

Aun hay días ahora en los que me cuesta permanecer presente, en los que mi autoestima está por los suelos, me siento mal, poco atractiva, sucia, de poco valor...; que no comprendo porqué podría interesarle a alguien tocarme, darme placer. Que me da angustia la idea de que lo hagan porque me siento mal para-con ellos:  ¿Y si son como yo y no se atreven a decirlo? ¿Y si no les gusta pero no dicen nada por miedo? ¿Y si se sienten forzados? ¿Y si...y si después dejo de gustarles porque me ven tan sucia como me veo yo?
O cuando estoy más tensa/nerviosa/incómoda de lo normal, algo me duele, me voy y no soy capaz de volver. Dejo de lubricar, duele más y me pierdo en ensoñaciones hasta que todo acaba.

Supongo que esto es una de mis asignaturas pendientes, de esas que arrastras a Septiembre y te hacen repetir curso. Sólo que aquí las repeticiones son infinitas, tantas como prácticas lleve a cabo.

EXPERIENCIAS II

Viví una doble vida de manera continuada durante gran parte de mi adolescencia: estudiante modelo que estaba en el Consejo Escolar, delegada de clase para algo más que bajar a por tizas; nieta ejemplar, que cocinaba postres los fines de semana y leía mucho. Niña que se cortaba, que se acostaba con desconocidos y se drogaba por sentir algo, que lloraba todas las noches en silencio e intentaba matarse pero le daba miedo. Nadie nunca notó nada, nadie.
A veces -muchas- me gustaría tener un interruptor que accionar para borrar los recuerdos que me inundan sin avisar, que se pasean por mí mente como si fuese suya -que lo es- opacándolo todo, quitando cualquier adorno que pudiese haber colocado y llenándolo todo de una tristeza abismal.
Ojalá poder olvidar, ojalá no volver a tener 5 años y estar sentada en bragas en una sala sucia, llena de botellas verdes de vino -vacías-, en una manta llena de manchas en el suelo, con una televisión delante en donde una mujer se la chupa a un hombre,  mientras dos hombres mayores me miran. Ojalá no sentir el frío, ni el olor a humedad, alcohol y sudor, ojalá que esas manos arrugadas, frías y pegajosas no me bajasen las bragas y me abriesen las piernas. No sentir ese bigote rozándome los muslos, ni esa lengua áspera recorriendo mi entrepierna, ni esos dedos metiéndose en mí haciéndome tanto daño.
Me hago pis y se enfadan tanto: me tiran del pelo, me escupen y me llaman puta, aprietan mi cara contra la manta mojada y los insultos no cesan... ¡me hago tan pequeña de pronto!
Ojalá no saborear mis lágrimas de nuevo, ni notar dos manos más uniéndose a las primeras, ni sentir dos penes hediondos rozándome mientras me instan a cogerlos con mis manos, a moverlas, a sacar la lengua y lamerlos como si fuese un helado. Ojalá no sentir que me sujetan por detrás, me tapan la boca con una mano y un grito sordo lo inunda todo; no sentir de nuevo ese dolor llegando a cada célula de mi cuerpo, mientras se mueven y me mueven, mientras lloro y me quedo quieta sin comprender nada.
Me hago pis de nuevo.
Ojalá olvidar que lo único que pensaba durante esos episodios era si a otras niñas sus papás también las querían así.

sábado, 5 de enero de 2019

EXPERIENCIAS I

El sexo ha sido mi vía de escape cuando me encontraba de bajón, mi forma de autolesionarme cuando cortarme no era una opción o quería hacerme más daño. Ha sido una forma de perder el control, de dejarme morir, de ponerme en manos de desconocidos como una muñeca sin apetencias ni deseos; sin "noes" ni palabras de seguridad.
Era mi manera de castigarme, de mostrarme cuanto me odiaba y de quitarle el poco valor que pudiese quedarle a mi vida.
He mantenido más relaciones sexuales que la media de personas de mi edad, he tenido más parejas sexuales también y he realizado prácticas poco convencionales de manera habitual.
Yo era la típica niña de 12-14-16 años desarrollada, que aparentaba ser mayor o casi mayor de edad y que asentía a todo:
-Hombre mayor, olía muy mal, me invitaba a un porro si follaba con él. Dolía, me odiaba por no irme pero ansiaba sentirme mal. Había muchos señores mayores que querían tocar a una niña, decirle que ya era una mujer, que los tocase. Todo flácido, maloliente y asqueroso.
-Hombre que quería acostarse con alguien de la edad de su hija. Follaba y me dolía, me tensaba y siempre dolía. Me acariciaba y daba besos, quería vomitar pero no me iba. Me recordaban a mi padre, sentía como si lo estuviese recreando... Conocí a muchos hombres como este, señores que me veían inocente y pura, que preferían hacerme daño a mí que a sus hijas. Demasiadas veces. Demasiados hombres oliendo a espuma de afeitar, tabaco y vino. Con barbas, bigotes y corbatas.
-Me decía que si me dejaba atar y pegar me daría mimos, que si era capaz de aguantar sus embestidas sin gritar me daría un premio, que estaría muy orgulloso de mí y me querría. Me ataba y pegaba, no había mimos. Me ofrecía un porro para que dejase de llorar, para que dejase de ser una niña moqueando e integrase que "o follas conmigo duro o te largas". O me daba una pastilla, o un chupito y así me relajaba y entraba todo más fácil. Todo era más sencillo con alcohol.
-Eran dos. Me daban miedo pero ahí estaba, en una habitación sucia con un colchón lleno de manchas y cocaína decorando la mesa. Fue la primera vez que probé, no la única. Luego tuve que compensarlos. Dolía, nunca estaba mojada pero eso era igual. Tenía tantísimo miedo que lloraba y eso les gustaba, pero no decía que no, nunca lo decía.
-Un piso oscuro, viejo, con mucho polvo y sin muebles. Hombres, todos drogadictos, se sentaban en cartones a ver cómo nos movíamos, cómo nos tocábamos y si lo hacíamos bien podíamos volver, nos daban mierda inyectable como premio. Éramos un juguete. Teníamos que hacerlos felices mientras ellos se "iban de viaje"... De ahí huí rápido.
Follar siempre dolía, no sólo físicamente -que también y mucho- sino mentalmente; cansaba. Era incapaz de separar y se convirtió en mi forma de castigo habitual. Cualquier muestra de afecto lastimaba, que me tocasen o dijesen cosas buenas me hundía, me hacía sentir en deuda... Empecé a integrar que el sexo lo pagaba todo, incluso el cariño. Sobre todo el cariño.
Yo buscaba poder controlar quién y cuándo me haría sentir tan mal como me sentía al recordar las experiencias con 4...6...9 años, quería que él dejase de tener el control sobre mis sentimientos. Y al final perdí totalmente el control de todo. Me vi envuelta en una espiral de sexo doloroso, drogas, vaginismo, violaciones y abuso sexual sin que pudiese hacer nada para pararlo... así mucho tiempo.
Hasta hace relativamente poco no he sido capaz de verlo como una actividad lúdica, segura y consensuada. Y aún hay días... Días en los que me siento sucia, en los que tengo que lavarme varias veces, que no dejo que me toquen si no estoy limpia... Días en los que ni aún así lo hago bien.