jueves, 21 de marzo de 2019

UN AÑO

Hace un año me estaba tatuando un brazo para cubrir parte de las cicatrices post años y años de cortes. Estaba feliz, tenía esperanza, confianza, estaba objetiva y claramente bien. No puedo decir que "curada" porque esto no tiene cura, pero llevaba meses sin medicación, casi dos años sin cortarme ni hacerme ningún tipo de daño; no lo echaba de menos ni pensaba en ello más que como una parte de mí que ya había concluido. Nunca me he arrepentido ni avergonzado de mis cicatrices, el tatuaje sólo era un recordatorio a la Andrea del futuro de que podía con ello, de que podía controlarlo y vivir sin hacerlo.
Y aquí estoy 365 días después, sentada en el suelo de mi habitación, con una cita programada en dos meses en psiquiatría, intentado descifrar qué detonantes tienen mis bajones actuales, pensando en que tengo que hacerle las curas a los nuevos cortes antes de vestirme y sin entender cuándo todo se desmoronó a mí alrededor y porqué no me enteré.
Lo único que tengo claro es que hay una diferencia principal en la forma y sentimiento posterior a llevarlo a cabo. Era un ritual, seguía unos pasos y después me sentía tranquila. Era un anestésico que me permitía sentir el resto del tiempo, que me ayudaba a no caer en la desesperación y angustia al verlo todo negro. Aunque también era inconsciente, irracional, rabioso e impetuoso, no buscaba activamente matarme pero tampoco lo evitaba. Ahora es desorganizado, sólo lo hago por placer y después no siento nada más que indiferencia. No me importan, no pienso en ello tras hacerlo y sí antes de hacerlo. Soy totalmente consciente de qué hago, cómo lo hago y sé que podría parar pero no quiero. Me gusta ver mi cuerpo salpicado de cortes a medio curar, postillas que si arranco sangran, me gusta verme tan mal como me siento por dentro.
Parece que me quiero, que me gusto, que me tengo aprecio y cariño, que mi autoestima está en un nivel optimo y que físicamente no me quejo de mi cuerpo. Fingir en redes sociales es demasiado sencillo. Lucho cada día para salir de casa, para no ponerme una camiseta tres tallas más de lo que necesito y unos pantalones que me oculten y camuflen mi forma; me obligo a usar ropa que me "favorece", aunque vaya incómoda con ella, con la intención de integrar en algún momento que no soy tal y como me veo cuando me miro en un espejo, que mi visión está distorsionada. Soy consciente de la distorsión con la autoimagen que tengo.
Me cuesta ver cosas positivas en mí, no tanto a nivel imagen sino como persona, como ser humano y no es sólo que me cueste, es que me resulta imposible ver más que las cosas negativas.
Supongo que será eso en lo que tengo que trabajar.

miércoles, 13 de marzo de 2019

OTRA VEZ

Y lo he vuelto a hacer.
Podría excusarme de mil maneras, afirmar con vehemencia que me hace sentir bien, que gracias a ello estoy mejor, que es una liberación y un analgésico. La luz. Pero no. Ya no funciona el mentirme a mí misma, el intentar convencerme de que todo va bien, de que funciona, porque no es así.
Sólo lo hice por sentir algo más que dolor mental, porque me gusta y gratifica ver pequeños ríos de sangre recorriendo mi piel enrojecida, pero no hubo paz después. No hubo nada. No sentí nada.
Lo invadió todo una absoluta y total indiferencia.
No saltó el interruptor, no se encendió la luz y seguía a oscuras. Mis demonios no desaparecieron, tampoco podía verlos ni enfrentarlos, sólo notaba que su presencia me hacía cada vez más pequeña, más vulnerables. Y a medida que yo me encapsulaba para intentar huir, ellos se hacían más pesados, más grandes y fuertes.
Y la sangre cayendo no me hizo volver, no me ayudó a sentir, a volver en mí. Aquí sigo, encerrada, sola y triste, siendo una cascada de lágrimas que no sé de dónde vienen ni cómo pararlas. Tengo miedo.