Y lo he vuelto a hacer.
Podría excusarme de mil maneras, afirmar con vehemencia que me hace sentir bien, que gracias a ello estoy mejor, que es una liberación y un analgésico. La luz. Pero no. Ya no funciona el mentirme a mí misma, el intentar convencerme de que todo va bien, de que funciona, porque no es así.
Sólo lo hice por sentir algo más que dolor mental, porque me gusta y gratifica ver pequeños ríos de sangre recorriendo mi piel enrojecida, pero no hubo paz después. No hubo nada. No sentí nada.
Lo invadió todo una absoluta y total indiferencia.
No saltó el interruptor, no se encendió la luz y seguía a oscuras. Mis demonios no desaparecieron, tampoco podía verlos ni enfrentarlos, sólo notaba que su presencia me hacía cada vez más pequeña, más vulnerables. Y a medida que yo me encapsulaba para intentar huir, ellos se hacían más pesados, más grandes y fuertes.
Y la sangre cayendo no me hizo volver, no me ayudó a sentir, a volver en mí. Aquí sigo, encerrada, sola y triste, siendo una cascada de lágrimas que no sé de dónde vienen ni cómo pararlas. Tengo miedo.
miércoles, 13 de marzo de 2019
OTRA VEZ
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Cuando lo de siempre no basta, perdemos el control de nosotros mismos.
Siempre he recurrido al alcohol cuando la vida se me ha torcido. Sé que es una mierda de solución, pero, a mi enfermiza manera, me ayuda a que los días no parezcan que tienen veinticuatro horas.
Ésta vez no es suficiente. Bebo, me distraigo, hago el indio y llego a casa convencido de que voy a caer en la cama como un bendito, pero no. Esta vez no vale, esta vez se ha roto todo y no tengo el consuelo de poder culpar a alguien.
Esta vez tendré que enfrentarme conmigo mismo.
Publicar un comentario