Paseo por un bosque siguiendo un camino empedrado, en él mis pasos son amortiguados por las hojas murchías caídas de los árboles que franquean el sendero. Estoy sola y en silencio. Me gusta este silencio, sólo roto por el berrido de los ciervos a lo lejos y el consiguiente entrechocar de poderosas cornamentas.
El cielo está encapotado, pintado de gris y ni siquiera los valientes rayos del astro sol se atreven a iluminarme el camino. Mientras observo el paisaje que me rodea y me embriago del perfume que emana del humus, pienso en muchas cosas: en mi famia, mis amigos, en que todo está cambiando y yo no doy seguido el ritmo, noto que me estoy quedando rezagada, a la cola de la sociedad y estoy absolutamente sola. No hay nadie a mi lado haciendome compañía, animándome a seguir, a luchar para continuar. Sólo a veces sombras veloces como el viento pasan a mi lado empujándome, pero se van...
La noche llega y yo sigo en el sendero que conduce a no se dónde, en el mismo lugar en el que llevo horas, pero ya no escucho la llamada de los poderosos machos, ni siquiera el viento enrreda mi pelo ni la lluvia moja mi ropa.
Ahora la luna, poderoso satélite, ensombrece mi camino y me provoca ver a horribles, espeluznantes y casi pateticos monstruos.
Mis más terribles pesadillas se hacen realidad y grito intentando despertarme de una vez, pero sólo consigo confirmar que ya lo estoy.
La realidad me rodea, me asfixia provocando en mi una lenta y dolorosa agonía; lloro.
La lluvia vuelve a caer sobre mí y esas gotas se confunden con mis lágrimas, no se si el cielo comparte mi sufrimiento o es parte de él.
Me siento en el suelo y apoyo mi espalda en uno de esos enormes enucos de madera, soldados que vigilan que ningún viajero del sendero de la vida se extravíe atraído por los placeres que ofrecen otras vías, no tan duras, tan dolorosas, más rápidas.
Siento lacerantes heridas cubriendo mi cuerpo y el sádico rumbo que estoy obligada a tomar me mata poco a poco. A estas alguras de la vida ya no se lo qué es dolor y lo qué placer, confundo alegría y pena, lo confundo todo.
En esta fresca tarde de otoño soy una hoja más que ya seca cae al suelo.
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