lunes, 5 de noviembre de 2012

ABATIDA

Ver como se mueven incesantemente las manecillas del reloj, como sale y se oculta el sol, como la luna ilumina la noche vacía y sin vida.
Nada se mueve en el bosque que rodea mi guarida, ningún animal ni diurno ni nocturno hace acto de presencia para mitigar mi soledad, mi agonía.
Algo me tapona la entrada de vida y me ahogo pues mi interior fue vaciado y llenado con aire rancio y pesado que tira de mí hacia abajo, bajo tierra y ni todas las sonrisas que adornan mi cara ni la diversión que ficticiamente tengo en mi día logran que levante este gran peso.
Me siento sola, triste, moralmente hundida. No creo ya en nadie ni en nada, todo me es indiferente, me importa lo mismo que llueva que que luzca el sol, que nieve o que hiele, que haga frío o calor; todo es apariencia, no hay nadie que diga la verdad, que luche por llegar a ella.
Después de tanto tiempo las heridas físicas ya no duele, el dolor psicológico es el que me abate. He escuchado ya tantos gritos, broncas, silencios que no son más que rabia contenida,  tantos lloros, ruegos y por favores... que soy inmune.
Porque a pesar del tiempo que ha pasado todo sigue igual, inamovible como el bosque que contemplo desde esta ventana.
Porque yo no deseo seguir así, porque quiero cambiar mi vida pero cercenan los medios que tengo para lograrlo, porque no riegan las raíces que me tendrían que atar a este lugar llamado hogar.
Hogar digo, y digo mal, no puedo hablar de algo que no conozco, que no se lo que significa, lo que es sentir el calor de tu familia, la protección, la amistad, la complicidad, el amor... Todo esto me evita, huye de mí como si yo fuese la mala y no se da cuenta de que soy una cenicienta sin carroza, príncipe ni final feliz.

Esta sucia niña huérfana está cansada de confiar en las personas, lo evita. No quiere que nadie le haga más daño del que ya ha recibido.

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