Necesito un confidente, de esos que saben escuchar y dar las palabras justas. Necesito a alguien que sepa de mí sin juzgar, sin emitir opinión, sin valorar.
Cuando la ansiedad me invade y no logro pararla, cuando los nervios imperan en mi cuerpo y no obedecen mis órdenes, cuando me siento mal y no se el motivo, cuando a mi alrededor hay oscuridad a pesar de sentir en mi rostro los rayos del sol, en eses momentos, lo necesito.
A alguien que coja el móvil así sean las 4 de la mañana, que no haga preguntas incómodas y me haga sentir tranquila, a alguien relajado e impasible a la vez que activo y enérgico, claro y transparente.
Porque en medio del torbellino en el que me encuentro, en el que no se si reír o llorar, si confiar o temer, si bajar las protecciones o mantenerlas necesito un ancla a la que asirme, que me sirva de contacto con la realidad, que me ayude a flotar en este mar plagado de tiburones.
Un alma blanca y brillante que me invite a respirar y pararme de vez en cuando. Un ser corpóreo que cumpla las funciones de la escritura y la pintura, que sea como evadirme leyendo un buen libro o mezclando colores en mi paleta, que sea como coger un lápiz y dejarme fluir.
Porque dicen que detrás de una tormenta llega la calma, pero eso aun lo tengo que comprobar, de momento estoy en el ojo del huracán, todo a mi alrededor gira y pronto lo haré yo, si no consigo un pilar fuertemente clavado en la tierra que me sostenga.
Tengo una soga al cuello y un puñal en mi pecho, miedo y pasión a partes iguales invaden mi cuerpo; intento ser agua y dejarme ir, como el río, pero hechos terrenales me lo impiden: me ponen muy difícil el tránsito por este lugar, lejos del peligro que me acecha, espectante.
Aquí sentada en mi mullida y negra alfombra aprendo a respirar mirando la llama de una vela y sintiendo el olor del incienso que quemo a mi lado, inspiro y expiro contando hasta cinco entre soltar y cojer, dejando ir los malos pensamientos y sensaciones, poniendo en calma la tempestad que poseo a la vez que suelto el aire ya sin oxígeno; así una y otra vez.
Y cuando la noche se acerca, el sol se oculta y yo ya tengo frío me levando y me estiro, y a la vez comprendo que no tengo mejor amigo que mi misma, que no puedo buscar el sustento fuera de mi corporeidad, que ya lo poseo y solo tengo que encontralo.
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