Son esos momentos en los que notas que tu ritmo cardíaco se acelera, que tu respiración se agita, que tus manos empiezan a sudar, que tienes escalofríos, dolor de estómago, nauseas y ganas de llorar sin poder controlarte; son esos momentos en los que te preguntas qué pasa, por qué te pasa, por qué no das parado. Son esos momentos en los que el miedo atenaza tus músculos, tus articulaciones se atrofian, tu cuerpo no responde a los estímulos de tu cerebro, Y el pánico lo inunda todo.
Y no das hecho nada: no te das movido, no das salido de casa, no te mueves del sofá, no estiras tu posición fetal, no eres. Y lo único que logras es que pensamientos intrusivos se apropien de tu mente y la bloqueen más aun, que saquen de cajas precintadas recuerdos, momentos, situaciones y sentimientos que querrías tener bajo llave. Y lo único que logras es que todo vaya in crecendo, que todo te afecte en demasía, que sólo logres ver el lado oscuro de la luna y de todo lo demás. Todo te duele, todo te lastima; sientes que nada ni nadie te podría ayudar, que no hay nada para ti aquí. E incluso piensas en poder cerrar los ojos y parar el cúmulo de sensaciones desagradables que te acosan. Quieres dejar de ser azotado, fustigado y dañado por ti mismo, pero cuanto más lo deseas menos se cumple; y es como quien sopla las velas y dice en voz alta su mayor deseo.
Y pasan las horas, y tu cuerpo empieza a responder, con esfuerzo y ayuda externa, mucha y filosa ayuda. Pero tu mente va por libre, y ella lo controla todo. Y no deja de pensar, de hacerte sentir, de hacerte volver, de revivir una y otra vez situaciones incómodas... Y dejas querer salir de ahí, empiezas a ver que ese es tu sitio, el lugar que te corresponde, comienzas a notar que quizás estás donde debes estar y dejas de intentar huir.
Pero en el fondo, algo de ti te dice que no deberías dejarte llevar.
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