Sentir que sientes sintiendo nada, sentirlo todo y, a la vez, no sentir más que vacio.
Dolor en mi pecho, recorriendo mis venas, rápido, cada vez más rápido... Soy como una cocainómana que siente dolor en lo que antes le causaba placer, o una ninfómana que se cansa porque no logra llegar al éxtasis que busca, o una ludópata que ya no consigue monedas.
Tú. Increíblemente bella y horrible, sádica y dulce. Eres una perfecta nube de algodón recogido trocito a trocito por brazos esclavos por los latigazos de tus: “te quiero”, “lo siento”,” perdóname”, “no volverá a ocurrir, te lo prometo cariño”.
Dices "perdón" y es como si no hablases, como si mantuvieses la boca cerrada igual que haces usualmente. Vacía es tu presencia y tú palabra en mi vida, en mi casa, en mí. No tiene efecto en mi la ponzoña que explicas y disfrazas, que deseas entregarme y yo descubro que soy inmune. Después de tanto tiempo ya no funcionan en mí esa clase de mentiras, me he vuelto fría gracias a ti…
Deseas mi cariño, y tú qué das a cambio, qué me das. ¿Amor, protección, emanan por tus poros los sentimientos que deberías poseer o, al contrario, eres tan fría como los carámbanos de hielo que cuelgan del tejado de las casas en invierno? Lo segundo es la verdad, la que se oculta detrás de ese mal puesto maquillaje, de ese corrido rímel que ensucia tu rostro y todo lo que te rodea. Esa perfecta mujer que finges ser esconde a la madrastra de Hansel y Gretel, a Jack el Destripador… te esconde a ti.
Eres sangre de mi sangre, peor que nada. Eres como una horrible pesadilla que sueño sin soñar, con los ojos abiertos. Eres una ruleta rusa con todas las balas y en la que siempre pierdo.
Eres lo que me mata día a día sin darse cuenta, eres, eres, eres... Eres y no eres nada. Para mi tu ya no eres nada.
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