Viviendo en una vida de mentira, oculta detrás de una gruesa cortina de terciopelo negro. Pasan los días, que para mi son años, en silencio.
Yo con un tupido velo cubriendo mi rostro, observo el mundo sin poder modificarlo, y me siento como en el cine, cuando sabes que el asesino está detrás de la protagonista y por mucho que grites para avisarla ella muere.
Mi vida no es vida, no es una sucesión de hechos bonitos, felices... Mi vida no es de color rosa. Cruenta, sádica, lúgubre...
No hay palabras suficientes para expresar lo que siento, o creo sentir, pues a estas alturas ya no sé si siento o hacen que sienta.
Cómo saber que no vives en un sueño; qué todo lo que te rodea es real, no fantasía... Y si viviese en un sueño y por eso todo es negro, no hay color. Quizás, como en las antiguas tragedias griegas, mi destino está marcado y no seré feliz por mucho que lo intente.
Quizás, pero sólo quizás, esto es mentira.
Mentira. Imposible, no puede ser onírico el dolor que siento por todo mi cuerpo después de una paliza, o el que siento en mi pecho, que no me permiten respirar, cercenando mi vida.
Aunque siempre se puede soñar, dentro de tu mente no hay nada que te impida ser libre, buscar la libertad en las pequeñas cosas como escuchar tu pausada respiración o el incesante latido de un músculo que no trae más que problemas.
Soñar, cerrar los ojos y por un instante creer que no estas en una habitación pequeña, sin ventanas, húmeda y con la compañía de extrañas criaturas de mayor tamaño que mi mano, pensar que estás en medio de un campo de un verde brillante, moteado del blanco de diminutas marcaritas y encima tuyo no hay telarañas sino una bóveda azul, con algunas esponjosas nubes en el horizonte.
Soñar, soñar, soñar que ya no sufro.
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